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Hemingway en el paraíso

  • Foto del escritor: Rosa Cuadrado
    Rosa Cuadrado
  • hace 7 horas
  • 4 min de lectura

Corrían los vientos de Cuaresma de 1928 cuando Ernest Hemingway llegó a Cuba a bordo del vapor Orita. Ya había conocido la crueldad y amargura de la Primera Gran Guerra, y, durante una breve escala con las horas de la madrugada, probó el sorbo dulce de La Habana. Continuó su camino hacia Key West, con la idea de volver algún día. Lo hizo en 1932, estableciéndose en el Hotel Ambos Mundos, situado en la esquina de Obispo y Mercaderes, que había sido inaugurado en 1925. El alojamiento, de un intenso tono caldera en la fachada y un espléndido interior casi completamente abierto a la calle con una sucesión de altísimas puertas y ventanales, y alumbrado con lámparas de alabastro, rinde homenaje a su más ilustre huésped con una habitación-museo (la 511), en la que el escritor se instaló durante varios años. En ella, fotografías, documentos, libros y máquinas de escribir y otros objetos forman el decorado del lugar de donde salieron terminadas algunas de sus novelas, como Tener y no Tener, con la presencia de la violencia y la muerte, temas tan frecuentes en la obra del autor. Entre 1933 y 1934 se enrolaría en safaris de los que regresaría con los trofeos salvajes que terminarán adornando el que se convertirá en su particular retiro y santuario en La Habana hasta 1960: Finca Vigía. Ernest alquiló esta mansión en 1939 junto con su tercera esposa, Martha Gellhorn, y la compró a inicios de 1940. Ubicada en una zona alta de San Francisco de Paula, municipio San Miguel del Padrón, había sido construida en 1886 por el arquitecto catalán Miguel Pascual y Baguer. En contraste con el febril ambiente del centro de la ciudad, la extensa finca, rodeada de exuberante vegetación y una corriente fresca de promontorio, era el lugar perfecto para las reuniones selectivas y el aislamiento necesario: «Escribir es una vida solitaria», decía el ‘dios de bronce’ de la literatura norteamericana. Allí se dieron cita renombrados amigos del circulo cinematográfico, se vivieron tórridas escenas que hicieron hervir su famosa piscina, se

bebió tanto alcohol o más que en la barra del Sloppy Joe’s, La Bodeguita del Medio o el histórico Floridita. Allí nacieron sus obras mayores, Por quien doblan las campanas, A través del río y entre los árboles, El Viejo y el Mar, París era una fiesta e Islas en el golfo, esta última inspirada en su propia experiencia de caza-submarinos nazis a bordo de su barco Pilar, al que había artillado para la misión de patrullar la costa cubana. Finca Vigía es un museo literario que guarda nueve mil libros, las tumbas de los compañeros felinos y perrunos de Ernest (tuvo perros y cincuenta y siete gatos), el mobiliario y las rutinas, sus obsesiones, los sueños y las pesadillas del escritor, su infierno y su paraíso. Creo que ningún lugar refleja el espíritu de Hemingway como este, su mejor autorretrato.

Pero, posiblemente, si asociamos a Hemingway y La Habana con alguna de sus novelas esta sería inevitablemente El viejo y el mar, por la que obtuvo el Premio Pulitzer en 1953. Ambientada en el pintoresco pueblo de Cojímar, en cuya boca de puerto amarraba el Pilar, su historia épica en un entorno de humildes pescadores que tan bien conocía por frecuentar el bar La Terraza, nos ha quedado, no solo como metáfora de la condición humana, sino como testimonio de un lugar y personajes que marcaron la vida del autor. Gregorio Fuentes, de origen canario y capitán del barco de Ernest, sería Santiago en la novela. En aquel bar, al que todavía se puede acudir a conversar con los camareros sobre los protagonistas de esta historia y tomarse un plato de langosta, se respira el mar desde cualquiera de sus ventanas. Las fotos de Ernest colman las paredes y en un rincón sigue puesta su mesa. Fuera, un robusto torreón vigila la costa y el busto del escritor, hecho con los restos de bronce de los aparejos que los pescadores aportaron como ofrenda, que se exhibe en el centro de un mirador blanco con formas de rotonda frente a él. Esa pesca que tanto adoraba en estas lindes la practicó también en la ahora llamada Marina Hemingway, donde se instauró un trofeo internacional para la pesca de la aguja y el precioso marlín. El fabuloso espacio, ahora casi un decorado abandonado, aún sostiene la estructura del antiguo hotel El viejo y el mar, un laberinto de azulísimo canales y un aire de fin del mundo. Cuando había que bajar al fondo, no del mar, sino del vaso, Ernest no olvidaba su butaca favorita en el bar El Floridita, en el que se ‘inventaría’ con su aportación personal el estilizado cóctel daiquirí que conocemos y con el que brindamos por su existencia. Hemingway pidió una versión especial del trago en la que se suprimiera el azúcar y recargara la dosis de alcohol, dando lugar al llamado daiquiri salvaje o Papá Doble (por ‘Papá Hemingway’, tal y como se le conocía familiarmente al escritor en Cuba). Repaso las fotos de aquellos años de la esquina del Floridita, tan vivos y explosivos, que apenas reconozco ahora el lugar y sus aledaños.


Dicen que en La Habana se ha parado el tiempo, pero creo que es justamente lo contrario. El tiempo es lo único que no se ha detenido. Se ha detenido la alegría, la esperanza, pero no el tiempo. El tiempo ha continuado su persistente labor de ruina. La Habana se apaga (literalmente) entre las cenizas de su desventura. Queda el brillo brónceo del busto de Hemingway en un recodo del bar, y el de su medalla del Nobel entregada a la Virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba que también lo es de los pescadores, queda la lucha diaria y primaria por sobrevivir, de la que habló el autor en sus escritos. Y mucho amor esperando ser correspondido.





 
 
 

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